CARTA ABIERTA A LA ESPERANZA

ESCRITA POR LA PAREJA DE UN ADICTO RECUPERADO

…… Da igual el nombre, no nos conocemos, pero conectamos de una manera que sólo esta enfermedad puede conectar. Me gustaría poder devolver lo que hace años, tras una mesa de despacho me regalasteis …. ESPERANZA …

Creo que cuando alguien te ofrece algo tan VITAL, tan importante, sientes la necesidad de poder devolverlo en algún momento de tu vida. La única forma de hacerlo es contando una parte de mí, de mi experiencia, de mis emociones y de mi vida como familiar de adicto.

….. Da igual el nombre, me considero una persona “normal”, nací en una familia “normal” relativamente acomodada, sin grandes excesos, pero con pocas carencias; con estudios superiores y con la fuerte convicción de ser una mujer fuerte, independiente y con las cosas claras.

Nací en una familia de mujeres fuertes a las que siempre vi levantarse y continuar luchando ante los problemas que la vida les iba planteando, pero lo que más fuerte interiorice es que, cuando las cosas no iban bien, era de buena educación aparentar “normalidad”. Los trapos sucios siempre dentro y, fuera, la mejor de las sonrisas. Nadie me enseño, ni mucho menos me exigió, es algo que se aprende.

Hasta pasados varios años de iniciar junto a mi marido el camino de la recuperación, no fui consciente del daño que me hizo esta manera de actuar, fue el caldo de cultivo perfecto, me convertí en el compañero ideal de un adicto en activo: tapando, aparentando y sonriendo “TODO ESTA BIEN”, “TODO CONTROLADO” .… pero, “NADA ESTABA BIEN”, “NADA CONTROLADO”, y nuestras vidas continuaban al ritmo de la enfermedad. Respirábamos durante los periodos de abstinencia y volvíamos a caer cuando se repetían los consumos (cada vez menos espaciados). Hablo en plural porque poco a poco deje de vivir mi vida y comencé a vivir la de mi pareja, intentando controlar situaciones incontrolables y a normalizar una situación que me estaba consumiendo. Mientras nadie se entere, todo está controlado.

El sentimiento de “vergüenza” me ha acompañado a lo largo de mi vida, me ha paralizado, y me ha impedido o retrasado a la hora de tomar decisiones que me habrían facilitado mucho las cosas.

Pero vergüenza ¿por qué? si yo no soy la que consume pues, en mi caso, sencillo: vergüenza al ¿qué dirán?, vergüenza a demostrar debilidad, vergüenza a aceptar que mi vida no es tan “normal” como yo siempre he querido aparentar, vergüenza a contarle a alguien lo que estaba viviendo, lo que estaba aceptando.

Si algo he aprendido en el proceso de recuperación como familiar de adicto es que no soy únicamente fuerte, también soy sacrificada. La fuerza me ha llevado a luchar de una manera incansable al lado de mi marido pero, el sacrificio, me llevó a dejar de lado mi propia vida, mis sentimientos, MI DOLOR, me llevo a poner mi vida en un segundo plano sin reparar en mis necesidades, “primero resolvemos este nuevo consumo, que es lo importante, y luego ya arreglaré lo que siento”. Esto te acaba pasando factura ….

En el centro, y con ayuda de profesionales, aprendí a DECIDIR. Yo decidí luchar, decidí quedarme a su lado, por primera vez no decidía la enfermedad, por primera vez no decidía el adicto, decidía yo. Que sensación de ALIVIO. Me enseñaron a vivir junto al adicto en recuperación, pero a vivir una VIDA PROPIA, me dieron las armas y me enseñaron a usarlas.

Cuando el adicto entra en contacto con un buen profesional, con un buen centro, y comienza un proceso de recuperación, nosotros, como familiares, comenzamos nuestro propio proceso, sin saberlo comenzamos a SANARNOS, (al principio continúas pensando que estas allí únicamente por él) a quitarnos esa coraza emocional y a coger las riendas de nuestra vida.

Recuerdo las reuniones de familia en el centro, las emociones a flor de piel y que el sentimiento de vergüenza desaparecía, se quedaba fuera, creo que era al único lugar al que no me acompañaba. Recuerdo la sensación de alivio, de liberación, por fin alguien cogía las riendas.

Me enseñasteis a PEDIR AYUDA, me enseñasteis a que SOLO NO SE PUEDE, que con trabajo hay ESPERANZA, aprendí a soltar el control, a darme cuenta, y a entender la enfermedad.

Me quedo con lo aprendido, no soy perfecta, la vida tampoco lo es, soy fuerte, pedir ayuda no me hace más débil y, lo más importante, el sentimiento de vergüenza me quita más de lo que me da.

Gracias al centro, a sus terapeutas, a todas las familias que me acompañasteis y de las que tanto aprendí. Me aportasteis esa luz que me dio fuerza y esperanza.

Gracia a mi adicto favorito, por ser tan VALIENTE, un luchador incansable, no importa las veces que has caído, lo que queda es las veces que te has levantado. Gracias por decidir el camino de la recuperación, sin esa decisión nunca habría podido acompañarte.

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